martes, 13 de noviembre de 2012

Alfredo tiene un poder



“¡Oh, mierda!, otro dramón más no…”, murmuraba Alfredo. Era la sexta (pero el tenía la sensación de que era la decimoquinta) película que le tocaba proyectar en cuya sinopsis aparecían palabras como : abuso, violencia, suicidio, problemas… Estaba harto. Era consciente de que esas cosas pasaban en la vida real, pero la idea de pasarse ocho horas al día ( las cuatro sesiones de su cine), viendo: cómo violaban a Tutuca, la protagonista de la argentina de la primera sesión,  o cómo Alberto se metía en problemas y acababa formando parte de la mafia mexicana, era demasiado. “¡Maldito ciclo de nuevos directores!”, repetía para sí mismo.

Había heredado el cine en el que sus padres trabajaban, su padre le había enseñado el oficio. Tanto él como su madre eran unos enamorados del séptimo arte. Por eso, decidieron poner a su hijo el nombre del director favorito del padre, Alfred Hitchcok que, casualmente, coincidía con el nombre de uno de los personajes de la película preferida de su madre. Alfredín pasó su infancia en el cine, Alfre con incipiente bigote iba con sus amigos a la sesión de la tarde los fines de semana y Alfredo tuvo que ponerse a trabajar con veinte años cuando a su padre le diagnosticaron cáncer, hace dos años.

Alfredo ponía las películas, Arancha se encargaba de las palomitas, Hugo era el acomodador y Juana trabajaba en taquilla. Juntos formaban la plantilla de Cines Rebeca . No les iba mal, solían poner estrenos de cine pero no del tipo Arma Letal XI o Terminator VII. También reponían, de vez en cuando, clásicos. Una vez al año caía Rebeca, de Hitchcok,  que daba nombre a sus cines.  No les iba nada mal, tenían una clientela fija que siempre aparecía por ahí los fines de semana.


Pero un día Alfredo recibió una llamada del departamento de Cultura del Ayuntamiento que le ofrecía llevar a cabo un ciclo sobre cine independiente. Se trataba de hacer tres sesiones por día proyectando películas de todas las nacionalidades  y, sobre todo, de directores jóvenes. Aceptó, no le pareció mala idea. No sabía lo que le esperaba.

Lo anunciaron en el periódico, decoraron el cine con carteles sobre el ciclo y vendieron entradas por adelantado. El primer día fue bastante gente, la mayoría pasaban los cuarenta años. No vendieron palomitas. Todos entraban con ganas de ver el cine diferente que les habían vendido.

Alfredo puso la primera película. Era alemana, directora novata. Julie se va a vivir a Japón, no conoce a nadie, pasa seis meses ahí, no le pasa nada, nada bueno. Se siente sola, llora. Se acaba la película. Cuando salieron la mayoría de las caras de los espectadores estaban llenas de desilusión. Se veían escasas sonrisas, la mayoría parecía tener mal cuerpo y cara de asco. Un señor con pashmina, gafas de pasta gruesas, comentaba lo “undergorund” y lo buena que le había parecido.  Alfredo, que había puesto la película y también la había visto, al escuchar a ese hombre, soltó en voz baja: “paparruchas”. “Muy moderno, muy moderno pero… ¡menuda mierda!”, “¡qué aburrido!”, comentaba con Arancha. La segunda sesión fue aburrida e incluso desagradable.  La tercera más de lo mismo, cambiaban nacionalidad, los nombres de los directores y el equipo pero, en realidad, el espíritu era el mismo. Concentración de negatividad, palos al protagonista, violencia. Cerró el cine con la esperanza de que las películas del día siguiente serían mejores. Esperando que, por lo menos, le sacaran una sonrisa.

Cuando se despertó fue a visitar a sus padres. Mientras comían, Alfredo les contaba lo mal que le había ido el día anterior.
-       Mamá, no te lo puedes imaginar. Estaba yo ahí que no sabía que hacer…¡ Menudos dramones, por Dios!  –se desahogaba Alfredo mientras se llevaba una cucharada de alubias a la boca.
-       No será para tanto, Alfredo. Ni que todo lo proyectado en nuestro cine hubieran sido arcoíris y mariposas… -le respondía su madre incrédula.
-       Ya, ya sé, mamá. Pero te juro que esto del cine independiente me empieza a hartar. Menos “modernéo” y más historias buenas, por favor. ¡Qué vamos…, no creo que la mayoría de la gente vaya al cine para pasar un mal rato!
-respondió Alfredo indignado.
-       Puede que el crío tenga razón, Pilar. Ya sabes que a veces estos del nuevo cine europeo se la dan muy de modernos. Pero tampoco puedes hacer mucho más Alfredo, no puedes dejar tirados ahora a los del Ayuntamiento
-       -sentenció el padre de Alfredo que tenía la cara pálida.
-       Tenéis razón en realidad, en fin… ¿No comes, jefe? –preguntó a su padre, que a penas había probado su plato. Siempre lo llamaban jefe, era una costumbre que tenían en el trabajo que había pasado también a su casa.
-       Ah sí, sí… Es que, no sé, esta medicación me deja sin apetito. ¿Me puedes poner una sopita, Pilar? –preguntó  el jefe.
-       Claro que sí –respondió su mujer besándole en la frente.

Alfredo se fue al cine esperanzado y algo resignado con lo que le habían dicho sus padres.

Cuarto filme del ciclo, lo mismo que el día anterior. Horror. La película, rumana. El director, novel. Un chico y una chica se van a vivir juntos por primera vez. Él no es lo que ella creía. Drogas. Maltrato. La sensación de agobio se reflejaba en el rostro de Alfredo. Estaba apoyado en la pared, al fondo de la sala. Cerró los ojos en una escena en la que el chico parecía que fuera a pegar a su novia. Volvió a abrir los ojos y el personaje no había la había  maltratado, una sonrisa apareció en su cara, la cena lista, mantel en la mesa. Increíble. Por unos instantes parecía que la película no iba a acabar tan mal como las anteriores. Parecía. Volvió a oscurecerse la historia. Alfredo no pudo evitar cerrar los ojos en otra escena desagradable en la que el protagonista estaba inyectándose droga. Abrió los ojos, había parado. El protagonista parecía reformase en una secuencia en la que iba al médico, buscaba trabajo… Acaba la película, final feliz, ¡qué sorpresa!

Todos los asistentes a la película se quedaron fuera comentando la jugada,  impresionados con el giro de ciento ochenta grados que había dado la historia. “Un poco exagerado, pero por lo menos acaba bien”, comentaba alguno. Alfredo fue a hablar con Hugo nada más acabar la sesión.

-¿Qué te ha parecido? –preguntó el dueño del cine.
-No me he acabado de creer el cambio exagerado, pero supongo que me ha parecido mucho mejor que las anteriores –respondió el acomodador.
-¿Sí, no? Me ha pasado una cosa muy extraña… Juraría que… Bueno, déjalo, será una tontería de las mías.
-No ,no. Venga, ahora dímelo, Alfredo –le sonsacó Hugo.
-Bueno, vale, pero no pienses que estoy loco, ¿eh? –dijo con miedo.
-Qué va, tranqui.
-A ver, yo estaba ya asqueado de tanto dramón y cansado de ver escenas poco agradables, he cerrado los ojos durante un segundo. Cuando los he vuelto a abrir, nada malo había ocurrido, todo se volvía más alegre de repente. Era como si yo hubiera hecho que cambiara la historia, como si yo la hubiera guiado hacia un final bonito -admitió por fin Alfredo, como habiéndose sacado un pensamiento pesado pero sin acabárselo de creer del todo.
Hugo puso una cara de extrañeza y añadió irónicamente :
-Sí, vale, ¿Me has robado el canuto que me quedaba o qué ? –le preguntó incrédulo.
-Hugo… te he dicho que no me gusta que me hables de esas cosas. Y no, no pienses que estoy loco. Simplemente te digo que… Bueno, déjalo, serán cosas mías…

Ahí quedó la confesión de la teoría de Alfredo. No se atrevió a contárselo a nadie más y le pidió a Hugo que no se lo dijera tampoco a nadie. Se fue a casa y se puso a escuchar música para relajarse un poco , para intentar evadirse de sus pensamientos. Beatles, nunca fallaban. Cena rica y a la cama. Esa noche no vio ninguna película más tampoco llamó a sus padres aunque, no había visto muy bien a su padre aquel día. Se saltó la rutina.

Otro día más poniendo películas. No se había olvidado de lo que había ocurrido el día anterior, pero decidió no darle importancia, en principio.  Película inglesa, independiente, blablablá, otro dramón. Alfredo cerró los ojos e imaginó en su cabeza una historia alternativa en la que ni violaban a la protagonista ni se quedaba embarazada. En esta versión, a la protagonista pelirroja, le ocurrían desgracias, sí. Pero, no una tras otra sin ninguna esperanza de que aquello fuera a acabar bien. Al abrirlos vio su historia en la pantalla. Sonrió. “Si tengo este poder pienso utilizarlo bien”, susurró para sí mismo desde la cabina de proyección.

Se esforzó, volvió a cerrar los ojos y se concentró. En sus párpados se formaron michelines a pequeña escala, tensó los labios e intento hacer de aquella película un bonito relato. Emma salía de la oscuridad de sus desgracias del principio del filme, conseguía que todo aquello acabara bien. El esfuerzo de Alfredo se reflejaba en pantalla. Hugo entró de repente.

-¿Lo estás haciendo tú? –preguntó alucinando.
-Ssshh, cállate, me desconcentras –le respondió absorto en su tarea.
–¡Oh, joder! Estoy flipando.
– Sal, por favor, luego hablamos –le dijo estresado.

La película, la versionada por Alfredo, entusiasmó al público. ¡Plas!, ¡Plas!, ¡Plas! Con una sonrisa en su cara se fue a hablar con Hugo.

-Sí, he sido yo. ¡Esos aplausos iban por mí! –dijo emocionado.
-¡Qué fuerte! ¿ Y qué piensas hacer con ese nueva habilidad?
-Pues no sé… Lo que surja, supongo. De momento salvar al público de tragarse semejantes dramones.

De repente, Juana, la taquillera -que ya había cerrado la taquilla-, le avisó de que unos hombres querían hablar con él. El productor de la película y su director. El primero, con americana y  bigote, tenía pelo canoso, el segundo iba con camiseta, americana negra, gafas y zapatillas Nike. Le estaban esperando a la salida de la sala. Alfredo les habló en inglés.

-       ¿Me buscaban? –preguntó con miedo de equivocarse de personas.
-       Sí, creo que sí. Alfredo, ¿no? –preguntó el de pelo blanco.
-       Sí, soy yo –respondió.
-       No sé si felicitarle o enfadarme –le dijo el director de manera simpática.
-       Bueno, verán… No era mi intención molestarles… No sé ni cómo ha pasado en realidad –dijo Alfredo medio asustado.
-       No, no se preocupe, estaba bromeando. Al principio sí me he cabreado un poco. Me pego año y medio haciendo una película para que de repente llegue a la sala y me cambien todo ¿sabe? ,no es lo más agradable del mundo – le dijo  el director.
-       Bueno, tampoco lo era su filme, si me permite decirlo- le respondió también de forma sincera y con miedo por haber metido la pata quizá.
-       Ya, bueno… Le perdono porque he visto que al público no le estaba gustando. He observado como salían de la sala un par que ni siquiera me han dado una oportunidad de media hora. Quiero decir que… Mi media hora les ha horrorizado y usted ha hecho que cambiaran de opinión en una hora. Hasta a mí me ha gustado más su parte -se sinceró.
-       Muchas gracias –respondió.
-       Bueno, solo tengo unas cosa más que añadir. He hablado con mi productor y, en realidad, esta combinación que hemos hecho indirectamente usted y yo ha quedado bastante bien. Por lo que le ofrecemos colaborar con nosotros en un futuro –le propuso.
-       Si verá – dijo el productor - yo trabajo en una productora en Londres y estamos buscando caras nuevas con  ganas de hacer películas que contrasten un poco con el espíritu de las que estamos estrenando últimamente. Ya sabe , que por lo menos en hora y media se le saque una sonrisilla al espectador. Si está interesado en participar con nosotros no creo que hubiera problema, creo que encaja con el perfil. Yo hablaría con los míos allá y podríamos empezar con un proyecto el mes que viene mismo. Si me da sus datos le mantendré al tanto.
-       Bueno, no sé qué decir…-dijo Alfredo impresionado  con la proposición que le acababan de hacer.- Me lo tengo que pensar pero en principio diría que sí.
Alfredo cogió una entrada y un bolígrafo y escribió detrás sus datos.

Se emocionó. Siempre había estado en la sala de proyección. Nunca se había planteado hacer las películas en vez de solo proyectarlas. Le gustaba esa idea,  aunque  a una microscópica parte de su mente le asustaba no poder estar al nivel.

Cerró el cine con una sonrisa que lo ocupaba la mitad de la cara. Llamó por teléfono a sus padres.
-       Hola mamá, soy Alfredo –dijo emocionado por la nueva noticia que le habían dado.
-       Hola, te iba a llamar ahora… -le dijo su madre con voz de preocupación.
-       ¿Qué pasa? –le preguntó, con incertidumbre.
-       Nada, que el jefe se ha puesto mal. Se encuentra fatal y nos vamos ahora al hospital –respondió.
-       ¿Dónde estáis? –preguntó rápidamente.
-       En casa, salimos ahora –le respondió.
-       Vale, yo también -dijo seriamente y colgó el teléfono.
-        
Cuando llegó, Alfredo no pudo ver a su padre. Estaba demasiado mal. Le iban a operar. Su madre estaba muy preocupada.

Entonces, yo, la voz que cuenta este relato, tiene que tomar una difícil decisión. ¿ Mato al padre de Alfredo o por el contrario le dejo vivir y hago que Alfredo se  meta en el mundo del cine y triunfe? Me encuentro en una situación, en la que se enfrentan el drama y el final feliz. La vida es drama a veces, pero también buenos momentos y éxitos. Esto no es otro dramón más como las películas que no soporta Alfredo. Se pueden contar dramas sin que sea desagradable. También es verdad que no todo en la vida son “arcoíris y mariposas”  y las muertes ocurren, por eso:

Bip, bip, bip, bip, biiiiiiiip, biiiiiiiiip. 

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