miércoles, 19 de octubre de 2011

El trauma del semáforo


                                                           

Mi madre nunca pasa en rojo los semáforos. Ya pueden ser las seis de la mañana de un lunes y que no haya ningún coche en dos kilómetros a la redonda, ella ni se inmuta. Se queda parada en el paso de cebra esperando a que el semáforo se ponga verde. Todo esto tiene una historia.

Ella tenía 18 años cuando pasó. Era la víspera del día de la virgen, una noche especial en Donostia. Iba con otra chica  a cenar fuera con sus amigos. No eran las más rebeldes pero tampoco eran bobas y cuando se encontraron con un semáforo en rojo y ningún coche  esperando, cruzaron sin pensarlo demasiado. Resultaba imposible  imaginar las consecuencias que les traería esa pequeña falta.

 No se habían percatado, pero desde el otro lado de la calle un policía municipal les había ordenando que no pasaran en rojo. Ellas estaban entretenidas comentando lo que les depararía la noche y no le oyeron.

El hombre, enfadado, comenzó a gritarles que se acercaran a él. Se iban a enterar. Le vieron y rápidamente hicieron caso a sus órdenes. Ahí empezó un sermón sobre la autoridad de la policía, los deberes del peatón, que no se cruzaba en rojo... bla,bla,bla. Mi madre y su amiga estaban asustadas y asentían, no se atrevían a dirigirle la palabra. Pero aún y todo, a él no le bastaba.

Llamó a un coche patrulla por radio y  les hizo montarse. En el coche, junto con otros dos policías, seguía la charla. Ellas no podían aguantar más y una empezó a llorar. No lo  podían creer, estaban yendo a comisaría por cruzar en rojo. Las lágrimas se contagiaron y  la otra también acabó llorando. Los compañeros del policía no tenían la misma actitud que él. Al contrario, las defendían. Intentaban que entrara en razón, se daban cuenta de que era una reacción exagerada. Pero aún y todo él no les hizo caso y siguió conduciendo.

Cuando llegaron  las llevaron a un cuarto, ahí se sentaron y les hicieron esperar. En la comisaría sus demás compañeros también opinaban igual que los otros dos: estaba loco, no era para tanto. Mientras ellas pensaban en lo que podía pasar, una multa o incluso una noche en el calabozo,  los policías llamaron a sus familias.

El teléfono de casa de mi madre sonó y cogió mi abuela, como siempre. Cuando le contestó un policía, ella se extrañó muchísimo y aún más cuando le dijo que su hija estaba en comisaría por semejante tontería. Rápidamente se lo contó a mi abuelo, él puso cara de Póquer, y se dirigieron hacia allá para recogerla.

No pasó mucho más. Las familias les fueron a buscar. Habían estado ahí dentro una hora. Gracias a Dios no les pusieron ninguna multa, tampoco lo hicieron constar en sus expedientes. Pero el agobio  que sufrieron no se lo quita nadie. De ahí nace el pequeño trauma de mi madre con los semáforos y su amor por las calles peatonales.