Mi
madre nunca pasa en rojo los semáforos. Ya pueden ser las seis de la mañana de
un lunes y que no haya ningún coche en dos kilómetros a la redonda, ella ni se
inmuta. Se queda parada en el paso de cebra esperando a que el semáforo se
ponga verde. Todo esto tiene una historia.
Ella
tenía 18 años cuando pasó. Era la víspera del día de la virgen, una noche
especial en Donostia. Iba con otra chica
a cenar fuera con sus amigos. No eran las más rebeldes pero tampoco eran
bobas y cuando se encontraron con un semáforo en rojo y ningún coche esperando, cruzaron sin pensarlo demasiado.
Resultaba imposible imaginar las
consecuencias que les traería esa pequeña falta.
No se habían percatado, pero desde el otro
lado de la calle un policía municipal les había ordenando que no pasaran en
rojo. Ellas estaban entretenidas comentando lo que les depararía la noche y no
le oyeron.
El hombre,
enfadado, comenzó a gritarles que se acercaran a él. Se iban a enterar. Le
vieron y rápidamente hicieron caso a sus órdenes. Ahí empezó un sermón sobre la
autoridad de la policía, los deberes del peatón, que no se cruzaba en rojo...
bla,bla,bla. Mi madre y su amiga estaban asustadas y asentían, no se atrevían a
dirigirle la palabra. Pero aún y todo, a él no le bastaba.
Llamó a
un coche patrulla por radio y les hizo
montarse. En el coche, junto con otros dos policías, seguía la charla. Ellas no
podían aguantar más y una empezó a llorar. No lo podían creer, estaban yendo a comisaría por
cruzar en rojo. Las lágrimas se contagiaron y la otra también acabó llorando. Los compañeros
del policía no tenían la misma actitud que él. Al contrario, las defendían.
Intentaban que entrara en razón, se daban cuenta de que era una reacción
exagerada. Pero aún y todo él no les hizo caso y siguió conduciendo.
Cuando
llegaron las llevaron a un cuarto, ahí
se sentaron y les hicieron esperar. En la comisaría sus demás compañeros
también opinaban igual que los otros dos: estaba loco, no era para tanto. Mientras
ellas pensaban en lo que podía pasar, una multa o incluso una noche en el
calabozo, los policías llamaron a sus
familias.
El
teléfono de casa de mi madre sonó y cogió mi abuela, como siempre. Cuando le
contestó un policía, ella se extrañó muchísimo y aún más cuando le dijo que su
hija estaba en comisaría por semejante tontería. Rápidamente se lo contó a mi
abuelo, él puso cara de Póquer, y se dirigieron hacia allá para recogerla.
No pasó
mucho más. Las familias les fueron a buscar. Habían estado ahí dentro una hora.
Gracias a Dios no les pusieron ninguna multa, tampoco lo hicieron constar en
sus expedientes. Pero el agobio que
sufrieron no se lo quita nadie. De ahí nace el pequeño trauma de mi madre con
los semáforos y su amor por las calles peatonales.
Voy a empezar a tener cuidado y a mirar por todos lados cuando me tenga que saltar un semáforo en rojo o cuando no cruce la calle por el paso de cebra.
ResponderEliminarEs una buena anécdota que contar :)
¡Un saludo, María!